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La mujer que se inventó a sí misma

Petrona Carrizo de Gandulfo nació el 29 de junio de 1896 en la ciudad de La Banda, provincia de Santiago del Estero. Era hija de un matrimonio con siete hijos. Su madre, Clementina, administraba una pensión a la que Petrona describió en una entrevista como la mejor de Santiago del Estero[1]. Es probable que la verdadera cocinera de la familia fuera la madre con la asistencia de sus otras hijas. A lo largo de su exitosa carrera, y quizá como una estrategia para posicionarse en un campo más amplio que el arte culinario, Petrona se ocupó en revelar que no tenía ninguna propensión por la cocina, se describía a si misma de niña como una haragana, a pesar de que su madre parecía insistir en la idea de que saber cocinar era uno de los requisitos indispensables para conquistar un buen hombre[2].

Detengámonos un momento en la casa modesta que se volvió una pensión administrada por la madre en la capital de provincia y la necesidad de solventar la economía familiar. A comienzos del Siglo XX, Jules Huret había dejado testimonio del contraste que presentaba la provincia de Santiago del Estero a lo largo de su recorrido por el país: “hemos dejado atrás las ricas tierras de cereales y los prados de cría del ganado y henos aquí a más de mil kilómetros de la capital, en la provincia de Santiago del Estero, una de las más pobres de la República. (…) El suelo, seco y agrietado bajo un cielo azul y un sol ardiente, no deja crecer más que una hierba rala que es menester quemar de vez en cuando para que crezca con más fuerza. Un ganado raquítico pulula por aquellas extensiones rojizas y polvorientas, y los carneros recién esquilados parecen esqueletos. Acá y allá se ve un animal tendido de costado, muerto de hambre y sed y, sobre aquella carnaza se ciernen las aves de presa. No se ven arroyos ni lagunas pero sí pozos de agua que tienen un gusto parecido al agua de mar y con frecuencia salada”[3]. El paisaje paupérrimo y desalentador no corresponde a la capital provincial aunque siembra preguntas en torno a quiénes irían a la ciudad de Santiago del Estero a comienzos de siglo y cuál sería el sentido “de la mejor pensión” que Clementina de Carrizo poseía.  Algunos observadores de la época describen la vuelta del siglo en la ciudad de Santiago como una etapa de optimismo, esperanzados por la agricultura de riego, la industria azucarera, la alfalfa y la explotación forestal que comenzaba[4]. Es dable pensar que aun siendo una provincia pobre, la ciudad capital tendría varias pensiones (aunque pocas comparada con otras provincias más prósperas) donde vivirían los viajantes, empleados del ferrocarril y del obraje, que requerían el servicio de desayuno, entre otros posibles huéspedes[5].  Según el Censo de 1914, la provincia de Santiago del Estero tenía  261.678 habitantes, sobre un total de 7.885.737 que habitaba el país, es decir que representaba el 3,31% de la población total. Esta situación no cambió en los años del primer peronismo, el Censo de población de 1947 mostraba que Santiago del Estero con sus casi 480.000 habitantes representaba el 3% de la población total de la Argentina. La imagen demográficas coincide en parte con esta idea de los paisajes desérticos, pocos habitantes, en donde una familia de siete hijos tenía que sobrellevar la vida doméstica[6].

En ese contexto, la madre atendía la pensión mientras sus hijas ayudaban en los quehaceres, como por ejemplo amasando unos simples pastelitos para ofrecer a los clientes en el desayuno o como parte de algún tente en pie[7].  El universo familiar estaba constituido por un padre cuya profesión era la de viajante, no se sabe cuál sería la actividad precisa, que murió cuando Petrona tenía seis años y una madre fuerte y dirigente que reorganizó el universo del padre ausente encausando el sustento familiar.

Con la consagración de la gran cocinera, las descripciones de su infancia en Santiago del Estero fueron adquiriendo un significado nuevo y profundo: su madre aparece como una figura central que vertebra su personalidad. Es ella quien intenta convencerla de aprender a cocinar y le indica lo que los hombres requieren (una mujer que cocine) y en la práctica imparte los saberes y distribuye las tareas domésticas. En este contexto, si lo que Petrona deseaba era una superación personal las alternativas económicas, dado que sólo había completado el ciclo de la escuela primaria,  no eran demasiadas: trabajar como criada en algún establecimiento agrario o migrar hacia la ciudad de Buenos Aires. Nuestra protagonista realizó ambas cosas: en primera instancia se estableció como empleada en una finca donde conoció a su futuro esposo Oscar Gandulfo y, posteriormente, lo siguió a él y su familia hacia Buenos Aires[8].  La relación de pareja que Petrona Carrizo y Oscar Gandulfo tenían como vinculo natural fue lo suficientemente fuerte como para que ella lo siguiera en su trayecto de migración interna hacia Buenos Aires[9].

Analicemos brevemente la foto panorámica de la situación de migración interna de la cual los Gandulfo fueron parte. Según el Censo Nacional de 1914, solo el 10,1% de la población de la ciudad de Buenos Aires era oriunda del interior del país, esta cifra se elevó a 14,9% según los datos del Censo de la Ciudad de Buenos Aires de 1936. Como vemos, las diferencias de proporción son importantes pero podemos sostener que el proceso de migración interna se estaba dando muy lentamente y la mayor parte de los migrantes internos a la Capital provenían del interior de la Provincia de Buenos Aires. Dada las condiciones económicas de la provincia de Santiago del Estero la migración fue un proceso habitual, aunque el momento crítico fue entre los años 1947 y 1960 en donde el 45% de los habitantes nacidos en la provincia residían fuera de ella[10].

Una vez llegados a Buenos Aires, la joven pareja convivía con la familia del novio que se había afincado en la calle Belgrano,  posteriormente, y mientras estos se mudaban al barrio de Flores, Petrona y Oscar se trasladaron a la calle Alsina, frente  la sede central de la Compañía Primitiva de Gas. De acuerdo a su biografía no publicada la ecónoma dio dos grandes pasos el mismo año: en 1928 comenzó a trabajar en La Primitiva y también formalizó legalmente su relación con Oscar Gandulfo, convirtiéndose en una mujer de 32 años casada, consolidando así sus aspiraciones de clase media[11]

El personaje de Doña Petrona C de Gandulfo se presenta fascinante a un sociólogo por dos rasgos que son insoslayables. El primero es cómo, a través de diversas entrevistas, esta inmigrante interna se construyó a sí misma. Construyó una versión verosímil de su pasado y desarrolló estrategias de lo que podríamos llamar un enclasamiento social. En las entrevistas no sólo relatará innumerables veces una historia acerca de su reticencia originaria a la cocina, en parte para posicionarse en el lugar de ecónoma y no de cocinera que no alcanzaría para sus objetivos aspiracionales sino que se revelará como una verdadera emprendedora. De acuerdo a sus testimonios, cuando se casó no cocinaba, y tenía una sobrina que se dedicaba a esos quehaceres. Sin embargo, su esposo había intentado que cocinara ya que le había comprado un libro de cocina que jamás leyó hasta tanto se empleó en la compañía de gas. “Cuando me iba a emplear de ecónoma abrí el libro y me puse a hacer un bizcochuelo. Teníamos una cocina de carbón. Pongo el bizcochuelo y al rato empieza a salir humo. Quedó como un pomo negro. Una cosa horrible”.  El tipo de cocina que usaba en su casa nos marca que ella todavía no dio el vuelco moderno.

La de Petrona podría haber sido la historia de cualquier mujer que en los años veinte se incorpora al mercado de trabajo, llegada  a la ciudad de Buenos Aires sin otro capital que su fuerza de trabajo y  su ímpetu, sin embargo, en concordancia con su época, comprendió el significado de la modernidad y los nuevos vehículos tecnológicos de comunicación y los usó a su favor. En muchas entrevistas ella señala que su esposo se opuso a que trabajara, o la familia de él lo hizo, pero a ella le “gustaban las cosas buenas y estábamos con necesidad” por lo que él aceptó.

Esta mujer que se inventó a sí misma lo hizo a partir de las apariencias y los modales. Las primeras construidas en palabras que la colocaron en un espacio de clase media, no era pobre pero tampoco rica, se hallaba en medio de la aventura del ascenso social. La presentación de los modales era parte central en la producción del servicio de “economía doméstica” que ella brindaba. En la interacción con los periodistas, con su público y sus lectoras, Doña Petrona contó una historia acerca de sí misma en donde ser cocinera no era su  profesión y, según esta percepción, nunca lo fue. Ni los consejos de su madre acerca de que los hombres se sentían atraídos por las mujeres que sabían cocinar ante lo que ella respondió que no era necesario saber cocinar porque cuando se casara iba a tener cocinera[12], ni haberse empleado como instructora de cocina en la principal compañía de gas del País, construyeron su percepción como cocinera. Esta profesión, para nada despreciable en la época, se le presentaba como poco; ella quería algo que la sacara del “hacer” y la volviera una administradora del hogar. Petrona se presentaba en una situación paradojal, había sido una joven que no quería saber nada de la cocina y sin embargo esta era no sólo el objeto de su superación social sino el espacio en donde se realizó como una eficaz emprendedora devenida empresaria de un servicio antiguo pero reluciente y único: cocinar.

En un país donde la modernidad llegaba a los hogares sin prisa pero sin pausa, aprender a   usar las nuevas cocinas a gas no sólo era una necesidad de las mujeres mejor posicionadas económicamente, la estrategia de la empresa era la ampliación del consumo es decir llevar el deseo a todas las amas de casa de todos los sectores con disponibilidad para ello. Allí, en esa intersección de puntos de clases sociales se colocaría esta santiagueña  que, en medio de las desventuras laborales de su esposo, creó un proyecto de desarrollo personal. 

El relato sobre sí misma marca fuertemente el sesgo de enclasamiento a lo largo de las entrevistas, en una de ellas hace un comentario refiriendo que los Gandulfo eran gente “copetuda” en alusión a que tenían ínfulas de clase alta y que no habían estado de acuerdo en que ella se empleara en la compañía de gas[13]. Nuevamente, el mundo de las apariencias se hacía presente en el relato de la ecónoma. La familia de su esposo podía tener ciertas ínfulas lo cual adquiría sentido respecto de su punto de origen pero en los términos y códigos de una sociedad cosmopolita y diversa como podía ser la Buenos Aires de los años de la presidencia de Marcelo T. de Alvear, es bastante improbable que pudieran trasvasarse de clases medias a altas. Migrantes internos que llegaran a trabajar, afincados en el barrio de Monserrat y que desde allí se mudaron a Flores, sin dudas un barrio popular, alejado del centro y de los barrios altos como la Recoleta o el Norte. Otro elemento que marca su falta de anclaje social es que Oscar – el esposo-  debía tener dos trabajos para el sostenimiento económico de la joven pareja. Cuando, después de un accidente, sólo quedó con uno y, por tanto, un único ingreso, Petrona decidió buscar trabajo. Nuevamente, en las entrevistas ella vuelve la necesidad virtud: “en mi primer matrimonio teníamos muchas ilusiones y queríamos progresar en la vida; con un solo trabajo no se podía, además lo sueldos eran muy bajos, por esa razón empecé a trabajar y ganar dinero”[14]. Se vuelve interesante resaltar el sentido práctico que Petrona recuerda tener en su juventud: “Siempre me han gustado las cosas buenas y para eso se debe tener dinero. Quizá suene tremendo, pero prefiero que suene a realidad porque es lo que yo viví. A partir de ese momento, empecé a trabajar con todo”[15]. Muy pocos ideales románticos y fuerte sentido material es lo que guía a esta joven mujer que pretende adquirir cosas y vivir bien. El sentido de una consumidora que, abocada al ascenso social, con un fuerte objetivo aspiracional está dispuesta a ponerse en juego a sí misma para lograrlo. Era la clase de mujer que no se conformaba con su destino de clase media baja, que aspiraba a más y estaba dispuesta a esforzarse para subir un escalón en la cultura de clase: para tener cosas de calidad hay que tener dinero.

En el discurso de nuestra protagonista la adversidad es un elemento indispensable: la cocina era para ella una pesadilla pero va a ser su lugar en el mundo; la familia de su esposo no aprobó su incorporación al mercado de trabajo, pero ella desafió esas ideas y se convirtió en una mujer exitosa: la primera cocinera nacional. Como bien lo sintetizó en una entrevista “no elegí un trabajo porque me gustaba cocinar – en realidad de jovencita nunca me gustó cocinar- sino porque quería ser independiente”.  Su presentación en sociedad deja claro que siguiendo un deseo y en contra de sus gustos, Petrona encontró su profesión.


[1] La Prensa, 11 de octubre de 1998.

[2] En “Cocina Ecléctica”, Juana Manuela Gorriti se refería  a que  Brantôme había aconsejado a la princesa que para mantener al esposo a su lado debía “asirlo por la boca”.

[3] Huret, Jules: De Buenos Aires al Gran Chacho. Pág. 246-247.

[4] Martinez, Ana Teresa: “Leer a Bernardo Canal Feijoo” en Trabajo y Sociedad, sociología del trabajo-estudios culturales – narrativas sociológicas y literarias. Nro. 19, 2012.

[5] Las pensiones en las provincias solían ser muy requeridas por las familias de empleados de bajo rango, por los viajantes de comercio, etc. Eran casas que se utilizaban para alojar a quienes vivían regularmente en el pueblo pero no podían alquilar o también a aquellos que estaban de paso. En las ciudades de provincias eran lugares centrales de encuentro e intercambio social.

[6] Trabajadores agrícolas y forestales, pescadores y cazadores representa el 20,9% de la PEA en 1914.

[7] En su tesis Pite refiere a una entrevista donde una sobrina dice que a desgano Petrona debía ayudar a hacer unos sencillos pastelitos. Cualquier muchacha sabía amasar en aquella época, ya que las fábricas de pastas no eran comunes en los pueblos.

[8][8] En su tesis, Pite refiere una historia acerca del final de una relación anterior que ella tenía con Leandro Antonio Taboada, su pareja o amigo, que la ayuda para que ella no concrete el matrimonio con un militar con el cual su familia esperaba casarla. Más tarde Leandro se va a Italia y ella comienza su relación con Oscar. Los Taboada eran una de las familias más importantes de la provincia desde el siglo XIX. Citado de las Memorias sin publicar de Doña Petrona, escritas por Cejas….

[9] Sin embargo, la Fundación Metrogas en su libro homenaje, señala que ella y Oscar Gandulfo habían contraído matrimonio en 1916. Cf. Pág. 23.

[10] Volumen 6. ISSN Nº 1850-1265 OCTUBRE del 2012ESPACIOS DE MUTACIÓN. Un análisis acerca de las transformaciones de los asentamientos poblacionales  María Rosa Gómez y Nora Gómez25

Revista de Población, Estado y Sociedad

[11] Cf. Pite.

[12] La Prensa, 11 de octubre de 1998.

[13] Tiempo Argentino, 20 de marzo de 1984.

[14] Crónica, 14 de agosto de 1983.

[15] Crónica, 14 de agosto de 1983.

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