tango

Millicent Rogers: sensibilidades y cuerpos en el Tango.

Mary Millicent Abigail Rogers había nacido en 1902, fue la nieta de uno de los dueños de la Standard Oil, Henry Huttleston Rogers. Desde muy temprano fue uno de los íconos de la sociabilidad neoyorkina. Su imagen solía ser retratada en Vanity Fair o en Vogue cuando ella era una debutante presentada por su acaudalada familia en los bailes de la alta sociedad de Manhattan. En sus años de quinceañera, la fortuna de Millicent ascendía a veinte millones de dólares. Desde pequeña había sufrido de fiebre reumática, lo que le había dado una salud muy frágil, había sufrido de varios ataques cardíacos y pulmonías, razón por la cual dedicó parte de sus horas de infancia al estudio. Cuando era apenas una adolescente hablaba seis idiomas, incluido el griego y el latín, y hasta había traducido las obras del poeta Rilke. Desde su aparición pública, cuando tenía catorce años, la prensa quedó impregnada de su belleza y sus pretendientes fueron parte de los chismes de la época. El príncipe de Gales, el duque de Aosta, y príncipe ruso Serge Obolenski, entre muchos otros candidatos. Para los años de la Primera Guerra, Millicent ya era un ícono de la belleza con el estilo característico de las flappers. Fue una presencia permanente en las páginas de la revista Vogue y en cualquiera de las revistas internacionales que reflejaban a la alta sociedad mundial.

En la década del veinte, el resonado caso de Eugenia Kelly se había olvidado, pero la revolución en las costumbres continuaba. El tango seguía presente en el mundo de las flappers y sus historias de enamoramientos, encuentros y desencuentros en los sentidos pasos bailables se reproducían por diversos medios. En 1924 fue muy comentada por los diarios la tormentosa relación de Millicent con el conde Ludwig Salm von Hoogstraeten que había capturado el corazón de la rica heredera luego de bailar juntos su primer tango. El conde, que le doblaba en edad y no tenía dinero salvo su título de nobleza ya en desuso, confesó ante la prensa que desde que la había visto se había enamorado y a partir del momento en que probó bailarlo con ella, no dejaron de hacerlo cualquier lugar del planeta. En los locos años veinte, Millicent y el conde eran considerados excelentes bailarines, por lo que no fue una curiosidad social el hecho de que estuvieran bailando en todos los salones de la alta sociedad norteamericana.

Millicent Rogers

Salm la convenció de fugarse con él, y así lo hicieron para luego, apenas cumplida la mayoría de edad de la heredera, casarse sin autorización de la familia. A pesar de la negativa de los padres de la novia, que desaprobaban la unión porque el conde era divorciado, la pareja contrajo matrimonio. Las crónicas de la época parecen poner en evidencia que el abrazo pasional en el tango distaba mucho de lo que los manuales de danzas pretendieron enseñar. La rica heredera y su flamante marido aristócrata venido a menos tenían como pretensión que su padre le adelantara la herencia, cosa a la que el Coronel Rogers se negó y, simplemente, le envío veinte mil dólares para que vivieran de una manera simple. A pesar de ser una suma muy baja para su estilo de vida, podía servir para mantenerse unos meses. Al poco tiempo y sin dinero, el conde Salm decidió vender la historia de amor a diversos tabloides de la prensa americana, creyendo que quizá la familia de su nueva esposa intentaría evitar la difusión de las intimidades. La peor noticia le llegó a la familia cuando la prensa difundió que la pareja estaba tan escasa de dinero que habían decidido bailar en los clubes de París a cambio de un salario. El padre se mostró furioso ante esa decisión, y pensó que ambos se morirían de hambre. La prensa hacía mención a esta situación, pero, respetando a la autoridad familiar, simplemente indicaba que ambos estaban bailando en diversos clubes nocturnos de Francia por la tarde, casi como si fuera algo casual. Sin embargo, el diario Chicago Tribune había reportado que en la rivera francesa el conde estaba haciendo gastos excesivos en el casino, y que él y Millicent habían gastado todo el dinero de su padre, y habían dejado cuentas de hotel impagas, y provocado habladurías acerca de su condición social. El padre finalmente se embarcó hacia Europa, junto a su hijo Henry III y su abogado Adrian Larkin para encontrarse con la pareja y resolver el problema. Ella les había comunicado por carta que estaba embarazada. Finalmente, la joven y su padre se encontraron en Roma, donde viajó sin su esposo, y dada su situación de salud, el padre la alentó a volver a Nueva York. Desde Roma volvieron a París, donde la pareja residía, y el magnate norteamericano se hizo cargo de la situación. Allí comenzó una larga negociación con su flamante yerno, quien se hizo acompañar por su progenitor recién arribado desde Austria para participar en las negociaciones que concluirían el matrimonio. Luego de varias entrevistas, arribaron a un acuerdo de dinero por el cual podrían divorciarse luego de un plazo prudencial y el coronel Rogers abonaría una indemnización por la disolución del vínculo. Por rescatar a su hija, el famoso militar pagó unos cien mil dólares y al momento de concretarse el divorcio otros trescientos mil. El resultado de esta aventura fue el primer hijo de Millicent que sería el señuelo de futuros chantajes de su ex esposo. Dos años después, la muchacha conoció a un verdadero morocho argentino, excelente bailarín, miembro de una rica familia de la oligarquía nacional: Arturo Peralta Ramos. El joven tenía dinero familiar, aun cuando no estuviera ni cerca de la fortuna de la que disponía Millicent, carecía de título de nobleza, pero lo compensaba con su personalidad encantadora y un poco arrogante. Había sido un playboy en Buenos Aires durante sus años mozos hasta que un día, en ausencia de su padre, estrelló el auto de  carreras marca Bugatti contra un árbol y lo destrozó. Para evitar la furia de su progenitor y con la complicidad de su madre, se escapó a Europa.

En París, junto a amigos como Macoco de Álzaga Unzué, mostraron las delicias y el encanto del tango bailado por verdaderos argentinos. Fue en esa situación cuando Millicent, de veintiún años, y Arturo se conocieron en un club nocturno donde bailaron juntos por primera vez. Un año después de su resonado divorcio, Arturo y ella se volvieron a cruzar. En 1927, los rumores de un romance con Peralta Ramos se comenzaron a agitar en la prensa norteamericana. En agosto se confirmaba el compromiso y se hablaba la futura boda que se concretaría en noviembre. Posteriormente, los diarios especulaban sobre si la relación con Peralta Ramos tendría el mismo final que el anterior matrimonio, pero la familia de la novia estaba por demás convencida de que esta unión iba a ser duradera y les daba como adelanto quinientos mil dólares de herencia. En marzo de 1928, la feliz pareja volvía de su luna de miel en la Argentina. Junto a sus pertenencias traían nueve troncos, seis pájaros del amor, un guacamayo y un gato montés. A los pocos días, The New York Times comunicaba que Ramos se había convertido en socio de una empresa de corredores de bolsa, ubicada en Broadway 55, donde comenzaría a trabajar. Todo parecía ser floreciente para la nueva pareja, cuyos integrantes, en noviembre de ese año, se convertirían en padres.

La historia amorosa de Millicent Rogers corresponde a la nueva cultura urbana asociada con los clubs nocturnos que despegó en la década de 1920, sin dudas alentada por la prosperidad, la cultura juvenil y el deseo de liberación sexual y personal. Mientras la vida nocturna se expandía de manera jamás vista, irónicamente se aprobaban las leyes de prohibición de venta y consumo de alcohol. Estas medidas, como lo señala Lewis Erenberg, expresaban la hostilidad que tenían los sectores conservadores de clase media norteamericana contra las ciudades, en particular contra Nueva York.

Millicent y el Conde Salm

El movimiento prohibicionista no solo atacó la bebida sino también el jazz, el tango, las películas, los bailes y toda una amplia gama de nuevas costumbres que se habían instalado en los años de la guerra. Es verdad que la prohibición no terminó con la vida nocturna ni con los clubes que, de hecho, crecieron en número durante esta década mostrando las más creativas escenografías y montando una serie infinita de modalidades de bares clandestinos, los denominados speakeasy (Erenberg, 1986, 98). Pero junto con estas nuevas modalidades de sociabilidad, las mafias dominaron el negocio de los clubes, los bares y todos aquellos aspectos vinculados con el entretenimiento en Nueva York. Erenberg explica cómo los gansters compitieron por los espacios del entretenimiento nocturno: bares, locales, deportes, musicales, etc. A pesar de esta puja, la nocturnidad neoyorkina ofrecía en la década del veinte, a un público de jóvenes, una amplia gama de bailes, salones, modos de sociabilidad, modas, todo sin la interferencia de los padres, logrando la privacidad de sus casas. Uno de los aspectos que resultaba más interesante de los salones de baile durante los años de la prohibición es que allí se ponían libremente de manifiesto los impulsos personales en forma y movimiento dentro de estos ámbitos. La prohibición delineó esta nueva cultura nocturna mientras que en los bares clandestinos la mafia se enredaba con los emprendedores de la poderosa industria del entretenimiento, y el music hall sumaba a los hijos de la alta sociedad, en medio de un clima de músicas exóticas que aportaban sensualidad y erotismo con un aire de decadencia renovada.

Algunas nubes eclipsaron las luces de la nueva era. En 1919, se sancionó la ley que prohibía la manufactura, venta y transportación de bebidas alcohólicas;11 era el triunfo de un movimiento refractario a la liberalidad que caracterizó a la sociedad norteamericana desde finales del siglo XIX. La revolución en las costumbres que se había experimentado fue respondida por una reacción de sectores tradicionalistas que se expresaron de forma autoritaria y fundamentalista. Un ejemplo de ello fueron las acciones del Ku Klux Klan (fundado en 1915) que recobraría fuerzas en la década de 1920, protegiendo a sanidad del hogar, la castidad de la mujer y la supremacía blanca. El movimiento puritano que desvió en la cruzada prohibicionista encontró un considerable eco en las actividades del Klan que asumió como propio el discurso de las campañas prohibicionistas. La liga de la lucha contra los bares (Anti Saloon League) encontró apoyo entre las clases medias urbanas que consideraban necesario terminar con los vicios y restablecer una sociedad saludable. Para el movimiento refractario, la ley era una necesidad para restablecer la moralidad tradicional; para otros, la ley era básicamente imposible de aplicar en forma eficiente, solo la línea de costas y fronteras de los Estados Unidos sumaban unos 30.000 km. El Movimiento Prohibicionista enunciaba un choque cultural: el ala liberal, progresista e integrador contra una visión tradicional y fundamentalista religiosa. En este sentido, esta última se oponía a todo aquello que representaba un movimiento cultural amplio que en muchos casos se vinculó con el jazz, la integración y con los excesos de los años locos.  Como ha sostenido Lawrence Levine, la prohibición fracasó en los Estados Unidos no por ser institucionalmente imposible sino porque pretendía ser algo más que una reforma institucional, un imperialismo cultural: “esto, quizá más que los efectos materiales de la reforma, enfureció a las poblaciones urbanas, industriales e inmigrantes, quienes constituían los principales opositores a la prohibición” (Levine, 1993, 230). Este conflicto representó el intento del resurgimiento del ethos de una Norteamérica protestante contra la modernidad que se desarrollaba a un ritmo acelerado bajo el impacto de las nuevas tecnologías, la industrialización y los nuevos medios de comunicación.

A pesar de esta suerte de confrontación de modelos culturales, en los años veinte, los salones de baile junto a los bares y tabernas eran una de las atracciones más significativas.13 Una de las consecuencias de la ley fue la creación de miles de lugares que vendían alcohol de forma ilegal. Lejos de funcionar como lo habían previsto los prohibicionistas, la ley no se cumplía en varios Estados, mientras que en otros era completamente ignorada. En algunas ciudades, los fiscales federales encargados del control de los clubes nocturnos, los clausuraban “solo para descubrir que volvían a inaugurarse en otra dirección pocos días después”. A mediados de la década de 1920, la batalla entre los prohibicionistas y los opositores seguía vigente, aunque claramente no se conocía el alcance y los resultados de la misma.

En 1925, LeRoy Bowman, secretario del City Recreation Commitee de Nueva York, analizó los tipos de salones bailables en aquella ciudad (Bowman y War Lambin, 1925). El motivo para realizar este estudio estadístico se hallaba, principalmente, en el alto grado de popularidad que obtuvieron estos ámbitos de diversión desde el fin de la guerra y en losmecanismos de control que se derivaban de la imposición de la Ley Volstead en Estados Unidos. Durante los años veinte, y como parte de las políticas de control de alcohol, ciudades como Nueva York o Chicago expresaban a través de la vida nocturna una atmosfera de diversión, exotismo, ilegalidad y deseos (Erenberg, 1999, 768). En Nueva York, en 1925, existían 786 salones autorizados, lo que implicaba un crecimiento del 60% respecto de 1920. Este era un dato curioso, teniendo en cuenta el control del espacio público que introducía la puesta en práctica de la llamada Ley Seca. Los salones contabilizados se clasificaban en tres tipos: restaurantes donde la danza era incidental, los salones alquilados para eventos realizados por alguna institución; y los salones de baile propiamente dichos (ball rooms) donde la administración se hacía cargo de todo el entretenimiento. Estos últimos, a la vez, se clasificaban en “salones cerrados” (close hall) y palacios de baile (dance palace). Desde la aprobación de la ley, los close halls eran gestionados por organizaciones comerciales desplazando a las sociedades comunitarias o clubes sociales. Antes de las medidas contra el consumo de alcohol, una parte importante de las ganancias de estos eventos provenía de la venta de licores, vinos livianos y cervezas; las nuevas disposiciones trajeron como consecuencia que solo dieciséis de las más de ciento veinte salas se mantuvieran como propiedad de organizaciones sociales, y el resto pasó a manos privadas que organizaban fiestas privadas. Este tipo de lugares constituyó un foco de atención para los “reformadores”, como se referían a los controladores de la producción y venta de alcohol en espacios públicos.

El siguiente tipo de salón, los palacios de baile, florecieron durante 1911 y eran gestionados por organizaciones comerciales. Se trataba de ambientes muy diferentes a la sordidez de los close halls, constituidos por un espacio amplio, decorado correcta y elegantemente, con comodidades para bailar y relacionarse. Generalmente albergaban entre quinientos a seiscientos concurrentes. Mientras que los salones cerrados solo poseían una orquesta básica, estos tenían al menos dos, y la duración de las piezas bailables era de entre tres a seis minutos. En estos lugares, hombres y mujeres concurrían conjuntamente y, en lugar de las explotadas muchachas, se encontraban profesoras que enseñaban los pasos a los concurrentes. Estos salones incluían piezas de vaudeville, concursos de bailes, disfraces y otro tipo de diversiones.

El informe presentaba, además, una interesante revisión demográfica de los concurrentes a estos lugares de diversión. Se calculaba que alrededor de seis millones de personas asistían a los bailables en la ciudad de Nueva York, la mayoría de los clientes tenían entre diecisiete a cuarenta años; en el caso de los restaurantes la proporción de los hombres y mujeres era similar; en caso de los palacios de baile la relación era de 60% hombres y 40% damas, mientras que los salones cerrados solo atraían (por obvias razones) a hombres. La mayor parte de la gente concurría a alguno de estos lugares al menos una vez a la semana o más frecuentemente. Finalmente, mientras los restaurantes y los palacios de baile se ubicaban en las zonas céntricas de la ciudad, los salones cerrados lo hacían en los barrios y en los distritos más alejados.

Illustrated Map of Harlem

La siguiente tormenta que empañó los ámbitos de entretenimiento se produjo en 1929. El período de la prosperidad produjo la ilusión de que cualquiera podía convertirse en rico, y esta idea había sido deliberadamente cultivada por quienes ocupaban posiciones de alta responsabilidad financiera (banqueros, responsables de inversiones, especuladores). Cuando en octubre de 1929 la bolsa se desplomó, nadie podía explicar certeramente qué había sucedido: “era cierto que el crédito era fácil, pero lo había sido antes sin producir una manía especulativa” (Leuchtenburg, 1992: 165). El colapso de Wall Street en octubre y el inicio de la Gran Depresión implicaron no sólo la pérdida de empleos, dinero y el cierre de establecimientos comerciales y fabriles sino la pérdida de la confianza en las posibilidades de salida. La depresión impactó en todas las áreas de la vida norteamericana. En los años posteriores al derrumbe del sistema bancario, se notó claramente las consecuencias: los créditos se volvieron impagables, miles de familias perdieron sus viviendas, hubo un aumento impactante del nivel de desempleo, y aun cuando miles de norteamericanos quedaron fuera de los ámbitos de trabajo y el New Deal intentó regular y buscar soluciones a los problemas socioeconómicos, el país no abandonó sus formas de entretenimiento y diversión. De hecho, algunas voces sostenían que frente a los graves problemas que enfrentaba la nación más que nunca era necesario mantener esos ámbitos de ocio y entretenimiento abiertos al gran público. La radio fue un vehículo fundamental para llevar no sólo mensajes alentadores a los oyentes o para comunicar la palabra política sino también para crear un ambiente musical que llevara alegría, ritmo, canciones y entretenimiento a las familias. Sin embargo, no solo la radio tuvo un rol fundamental durante los años de la depresión. Ciudades como Nueva York constituyeron círculos de ocio y diversión muy importantes. Los night clubs fueron uno de los emblemas modernos que sobresalían a fines de la década del veinte y en el inicio de los años treinta, y aun cuando la crisis golpeó fuertemente la esfera del ocio y la nocturnidad, en 1935 renacieron con fuerza renovando el panorama bailable y musical.

En 1930, un informe del gobierno de los Estados Unidos sostenía que las diversiones comerciales habían crecido de manera impactante, y se consideraban “factores vitales en el progreso de la civilización” (US Government, 1929). Como hemos analizado anteriormente, a pesar del fuerte impacto de la crisis, el público norteamericano continuó asistiendo a las salas de cine y a diversos espectáculos. En este sentido, la política de Roosevelt, con su decisión de dejar sin efecto la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas fue una suerte de fusible para descomprimir el ambiente social en plena crisis y desocupación. Lejos de ser el “hombre olvidado” como se señaló en muchas oportunidades, el consumidor cultural norteamericano fue una presencia importante en los diferentes ámbitos de la industria cultural. En este aspecto, el tango no cayó en el olvido, sino que fue objeto de una permanente recreación. En este sentido formó parte de la política del buen vecino que los años de Roosevelt pusieron en marcha. Mientras en la década del veinte, una amplia gama de ámbitos de diversión y entretenimiento era estudiada, medida, calificada y cuantificada, el tango parecía sobrevivir a las estadísticas de dos modos no siempre favorables: la crítica temerosa y refractaria; y el encanto de sus movimientos que se reeditaban al son de nuevos ritmos.

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