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EL HOGAR MODERNO

A mediados de los setentas nos mudamos a una antigua casa chorizo. La cocina estaba al fondo de la galería y allí había quedado colocada una cocina económica —sólida, enorme, blanca—. Por supuesto que mi madre se manejaba con una de gas de garrafa, que hizo instalar en el mismo ambiente. Pero cuando nos quedábamos sin gas, armaba un fuego en la antigua cocina y hacía la comida sin ningún tipo de problema. Recuerdo la puertita pequeña por donde se colocaba la leña”. (Claudia, 53 años)

El inicio de la carrera de Doña Petrona está directamente asociado a un elemento que modernizaba la vida familiar doméstica: la instalación de la cocina de gas.

En las casas de cualquier ciudad de la Argentina del siglo XIX, la cocina como espacio doméstico estuvo integrada en principio por un fogón que se utilizaba para preparar los ali- mentos. Se trataba de una mesada de material que poseía una hornalla superior, con una apertura por el frente donde se hacía el fuego; debajo tenía una rejilla por donde caían las cenizas, que podían sacarse mientras se hacían las brasas evitando producir mayor cantidad de humo en la habitación. A finales del siglo comenzaron a usarse las conocidas “cocinas económicas”, que funcionaban con carbón o madera y que permitían organizar el fuego del dispositivo, a través del horno y de la plancha de hierro para mantener calientes las ollas. Esta presentaba una estructura más solvente y parecían organizar mejor el espacio hogareño de la cocina. Estos artefactos convivieron con las nuevas cocinas: eléctricas y de gas que se fueron incorporando a lo largo de la década de 1920 y 1930 en los hogares urbanos. Desde finales del siglo XIX hasta la década de 1920, las cocinas económicas se importaban de Inglaterra o Estados Unidos, aunque en el período de entreguerras comenzaron a producirse en el país. La principal limitación de estos aparatos estaba en la manipulación de las brasas y en el encendido del fuego, lo que podía ser trabajoso además de sucio. La cocina de gas de querosén pareció remediar el problema del fuego, pero había que “bombearlas periódicamente para que el querosén quedara pulverizado y se gasificara adecuadamente el quemador”, es decir que requería una mano de obra especialmente entrenada en estos fines. Sin embargo, incluía más hornallas que las anteriores y un horno con visor, lo que parecía un elemento que resultaba muy atractivo.

Las cocinas de gas no tardaron en aparecer en Buenos Aires, aunque el tendido de gas domiciliario era muy escaso. Desde comienzos de siglo existían tres compañías que distri- buían gas en la ciudad de Buenos Aires, producido con carbón importado desde Inglaterra: la Gas del Río de la Plata, la Nueva de Gas de Buenos Aires y la Primitiva de Gas. En 1909 las tres compañías se fusionaron en una: la Compañía Primitiva de Gas. La distribución del combustible era fundamentalmente para proveer energía al alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires. En 1920, el sistema pasó a ser reemplazado por el eléctrico, por lo que la empresa se esforzó en difundir el uso del gas en los hogares. La impronta del alumbrado eléctrico y la entrada de luz en las casas amenazaron con desplazar al gas de todas las esferas del consumo. Como lo señala Jorge Francisco Liernur para el caso de la electricidad, “muy tempranamente se dispone del conjunto de artefactos que conforman el mundo electrodoméstico de nuestros días”. En el sentido dado por este autor, el auge de la electricidad moderniza la vida de la familia, además de instalar una serie de elementos que pasan a constituir la vida doméstica de las familias de sectores medios y altos de la ciudad de Buenos Aires. Así fue como el mundo eléctrico, que se instalaba tan ampliamente en algunas casas, hacía entrar con él a la esfera doméstica a figuras tales como el arreglador o el trabajador especialista en esos dispositivos, lo que no tenía tantas posibilidades en las cocinas. Liernur señala que “deben advertirse en primer lugar las diferencias de costos, no solo de los artefactos sino también de la fuente de energía, como determinante de su introducción tardía en el habitar popular”. También deberíamos señalar que las cocinas eléctricas tenían otras limitaciones derivadas de su calidad y capacidades tecnológicas en la década de 1920. Comparadas con los aparatos de gas, las cocinas eléctricas no solían alcan- zar altas temperaturas para poder hacer más corta y práctica la cocción de los alimentos. En Estados Unidos, por ejemplo, donde el uso de las cocinas eléctricas fue muy superior al que se dio en la Argentina, recién en 1926, HotPoint —uno de los principales fabricantes— desarrolló Calrod: “una unidad de calentamiento superior con una resistencia de alambre rodeada de óxido de magnesio y encerrada en tubos de hierro para reducir la oxidación y proporcionar protección”. Asimismo, como ha sido señalado, la industria de las cocinas de gas debió mejorar mucho sus productos: tenían que crear mayor confianza en el consumidor con respecto a sus dispositivos, lo que resulta muy evidente cuando se analizan las publicidades de las diferentes marcas, además de mejorar la eficacia, seguridad y calidad del fuego. Recién en 1930 estuvo disponible en el mercado norteamericano la cocina de horno automático con quemador superior, una novedad que implicaba mayores márgenes de eficiencia en el tiempo y modo de cocción, además de ser más segura para su encendido.

En el caso de Buenos Aires, y ante la reducción del mercado de distribución de energía debido a la instalación del alumbrado público eléctrico y con la consiguiente llegada de la electricidad a las viviendas, la compañía articuló una intensa campaña para mostrar el aspecto moderno y de bienestar que el gas podía llevar a los hogares de la ciudad. Una estrategia estaba puesta en la publicidad que presentaba al gas como sinónimo de progreso: simplificaba el trabajo doméstico y era más limpio aplicado al uso de las de cocinas y no tanto a las estufas.

La compañía debía vender ambos: el gas y el aparato que lo utilizaría; aunque lo que realmente producía la empresa era el insumo de las cocinas, de manera tal que en sus locales se vendían cocinas importadas de diferente procedencia, marca, precio y calidad, y una vez que se adquiría el aparato solo había que comprar el combustible. Por esa razón, las publicidades hablaban de dos cosas importantes: economía y des canso. Comprar una cocina implicaba un aspecto económico: el artefacto no debía ser caro para poder pagar el gas, a la vez que debía traer asociados otros beneficios: descanso, limpieza, fácil manipulación y no debía ser tan peligroso como los calentadores. Un aspecto interesante de las nuevas cocinas de gas era que después de cocinar simplemente se podía apagar el fuego con apenas dar vuelta una perilla. No había que calcular el carbón ni esperar a que la leña se consumiera, adeás de que no producía humo ni cenizas. El gas era a todas luces sinónimo de bienestar. Como señala Natalia Milanesio, para el caso de las cocinas en el mercado publicitario de fines de los años cuarenta: “enfatizaban la comodidad, la higiene, la simplicidad y la velocidad como símbolos de modernidad (…) presentaban a las cocinas como un artefacto generador de bienestar, especialmente para las mujeres”. Estos elementos no eran nuevos, desde la década del veinte habían sido señalados intensamente por la principal compañía vendedora del país. En relación a las cocinas, a lo largo de los años veremos que su actualización publicitaria se relacionaba con los nuevos adminículos que se incorporaban al aparato: termostato, reloj, cantidad de hornallas, etc.

Hacia fines de la década del veinte, la Compañía de Gas La Primitiva emprendió una fuerte campaña de ventas con ribetes inéditos para la publicidad en la Argentina: contrató jóvenes mujeres que serían adiestradas como ecónomas para que llevaran adelante demostraciones de los usos y ventajas de la cocina de gas. En verdad se trataba de instructoras que cocinarían ante el público para ilustrar cómo —en un tiempo limitado y usando el mismo aparato— se podían realizar los tres platos que comprendía una comida: entrada, plato prin- cipal y postre.

Las mujeres contratadas encarnaban el estereotipo de ama de casa de la época, pero debían tener condiciones de docencia y ciertas habilidades en la cocina para poder transmitir sus conocimientos a un público femenino amplio. La necesidad económica familiar encontró una oportunidad en la nueva estrategia de ventas de La Primitiva. En este contexto se ins- taló la protagonista de esta historia, aunque con el tiempo ella misma se ocupó de desmitificar la idea de su éxito: “Yo no sabía hacer ni un huevo frito. Un buen día La Primitiva solicitó públicamente la presencia de veinte mujeres jóvenes, preferentemente amas de casa, para becarlas en un curso de ecónomas. Seleccionaron a algunas, entre las que me encontraba, y nos enviaron a la academia del famoso italiano Ángel Baldi”. En realidad, la institución a la que ella se refiere era nada más ni nada menos que la representación en la Argentina de la Academia Le Cordon Bleu que funcionó desde la década de 1920 hasta 1948 en la calle Libertad 1262. Según su testimonio: “una vez por semana íbamos al Cordon Bleu, pero nosotras nos escapábamos en vez de ir ahí, nos íbamos a pasear o al cine”. A pesar de estas correrías, pareciera que las clases de la academia fueron muy útiles para su formación, ya que allí aprendió muchas de las cosas que luego transmitió a su audiencia. Los primeros pasos en la cocina fueron difíciles, según su testimonio, lo primero que aprendió a hacer fueron una masitas que se llamaban Corinto (que posteriormente incluyó en su libro de recetas y las mantuvo a lo largo de décadas): se trataba de una masa a base de manteca, azúcar, huevos, harina y pasas de Corinto, que debían ser puestas en moldes individuales y llevadas al horno. Sin embargo, “como en ese entonces los hornos no tenían visor, me la pasaba abriendo y cerrando la puerta del horno para ver asombrada como crecían. Cuando me llamaron la atención pero en forma indirecta me enojé muchísimo”. Es sabido que si se abre la puerta del horno mientras las preparaciones de este tipo se están cocinando, la masa se bajará. La impaciencia de Petrona parecía ser, en principio, una debilidad de carácter que compensaba con su estilo directo. Con el paso del tiempo, Ángel Baldi desarrolló una enorme confianza en su alumna, a quien dejaba a cargo de la academia cuando él tenía que viajar a Europa para hacer alguna actualización.

Por su parte, la Compañía Primitiva de Gas maximizó el uso de sus salones de venta: al comienzo de la exitosa iniciativa sus cocineras hacían demostraciones en las vidrieras junto a las nuevas cocinas preparando un menú completo por solo $0,20 (lo que valía en ese entonces un metro cúbico de gas); posteriormente, se comenzaron a dictar conferencias que fueron un éxito absoluto, a las que asistían setenta amas de casa por sesión. En las sedes de Almagro, Boedo, Barracas, Belgrano, Flores, Floresta y el centro las demostradoras en el arte de cocinar con gas encendían la imaginación de cientos de transeúntes y señoras, que se quedaban extasiados viendo cómo podían colocarse en las diferentes bandejas del mismo horno los platos que serían la cena y el postre.

Seguramente la incorporación del gas, la electricidad y el agua corriente fueron las principales innovaciones modernas que cambiaron la calidad y los tiempos de las tareas domésticas. En este contexto, la figura de Petrona Carrizo de Gandulfo tomaría relevancia en los primeros años de la década de 1930. En 1928, la compañía estimaba que en la ciudad de Buenos Aires había unas 300.000 personas que usaban gas en sus hogares. En Buenos Aires existían doce usinas de gas ubicadas en los barrios de Almagro, Barracas, Belgrano, Parque Patricios, Palermo y Retiro.

Detengámonos un momento en la impronta económica de la década de 1920 en Buenos Aires y el rol de las amas de casa en medio de esa época próspera. En los años veinte, las mujeres invertían un promedio de cuatro horas al día en las tareas del hogar. El gran cambio se daba en el trabajo doméstico, ya que con los nuevos aparatos las tareas de mantenimiento y limpieza de la casa se simplificaban. La electrificación en los hogares implicó que una cantidad importante de nuevos artefactos se fueran difundiendo entre las clases altas y las nuevas clases medias. Estas novedades quedaban plasmadas en los más diversos medios, como lo refleja la primera escena de la película Los Tres Berretines , donde dos jóvenes clientas de la ferretería de don Manuel pretenden comprar un calentador eléctrico que habían visto publicitado en una revista de cine. En las primeras décadas del nuevo siglo, las compañías de gas habían perdido el monopolio del alumbrado público, por lo cual debieron crear una demanda alternativa a sus productos, de modo tal que en muchos países, no solo en la Argentina, comenzaron a producir y comercializar cocinas y estufas.

Los años veinte fueron en Buenos Aires una época próspera, que recién declinó hacia 1932 con el impacto de la crisis, aunque en pocos años comenzó a notarse una recuperación. Como ha sido señalado reiteradamente, la Argentina tenía un dinámico crecimiento económico “y un desarrollo industrial que produjeron una significativa movilidad social, una cultura del consumo proliferante y la rápida expansión de los barrios donde vivía una población de obreros, oficinistas y también propietarios de pequeños negocios y profesionales”. Ese mismo crecimiento económico introdujo no solo cambios en los modelos de consumo sino también en los estilos de vida: la vivienda moderna, dinámica, móvil y desestructurada, entraría en boga en los años treinta. Esto no solo implicaría un cambio en las dimensiones de los espacios vivibles sino también un cambio en los roles del ama de casa. La aspiración al servicio doméstico de tiempo completo dejaría paso al trabajo por horas o de medio tiempo, y a otros criterios del confort y nuevas formas de vivir el espacio diario: “La casa es para que sus habitantes vivan bien y no para despatarrar de asombro a los escasos visitantes”.

En una sociedad donde el ascenso social se estaba materializando, las amas de casa encarnaron claramente un ideal de clase media. A su vez, el mundo de la estandarización industrial incorporaba cada vez un mayor número de trabajadoras. Como señala Fernando Rocchi, a lo largo de las primeras décadas del siglo XX: “Más mujeres trabajaron en fábricas cada vez más grandes mientras nuevas empresas abrían sus puertas y demandaban mano de obra femenina. (…) La irrupción de la mujer en el mundo del trabajo moderno, sin embargo, parecía condenarla a ser un engranaje en el mecanismo de concentración de capital que vivía la Argentina de entonces. Los mayores demandantes de mano de obra femenina en el comercio terminaron resultando las grandes tiendas, que eran una imagen especular de las fábricas estandarizadas, con sus secciones y departamentos que funcionaban con la preci- sión de una máquina”. El creciente número de trabajadores de cuello blanco, además de las familias trabajadoras que se incluían dentro del proceso de industrialización, desplegaron su estatus económico a través del consumo de objetos domésticos. Sobre este aspecto, deberíamos resaltar al menos algunos elementos de la incorporación de las mujeres a la economía urbana: el primero es la división entre el trabajo fuera de casa y el trabajo dentro de ella. El caso de Petrona transita por ambos. Al comienzo de su matrimonio cosiendo para afuera, posteriormente saliendo al mundo de la venta de cocinas de gas. Finalmente, a través de algunos de sus libros, pondrá el énfasis en la organización del trabajo doméstico y colocará a la mujer como centro de esa trama. En este sentido, la frontera no industrializada (o del trabajo manual implicado) en el trabajo doméstico se revela indispensable para la vida diaria de la fuerza laboral familiar. Un segundo elemento importante que puede sobrevolar la lectura de las instrucciones que Petrona da a través de su libro es aquel en el que vislumbra a las amas de casa como agentes fundamentales de la estructura social, organizadoras de la vida doméstica. Por supuesto que este aspecto es mucho más amplio y excede el papel de nuestra protagonista, ya que deberíamos ilustrar que el “ama de casa” ejerce un importante rol social en la construcción de un nexo con la escuela, los clubes y, en algunos casos, también con la Iglesia, creando todo tipo de lazos con la comunidad. Hay un tercer aspecto en la evolución de las mujeres a lo largo del siglo XX y que en cierto modo Petrona comienza a representar: el paso de roles comunitarios más circunspectos y menores a posiciones de liderazgo en las instituciones familiares o primarias básicas de la vida urbana. Esto último es muy ilustrado en la Argentina con el pasaje del modelo femenino de los años veinte hacia la relevancia que toma la figura de Eva Perón, aun a pesar de que sus textos y discursos hicieran una doble construcción: exaltar el rol de la mujer en la vida urbana y, a la vez, reservarla para posiciones tradicionales ampliamente conocidas.

En este contexto de transformaciones debemos agregar el impacto que el mundo de las publicaciones, los medios de comunicación y las publicidades tenía sobre la imagen feme- nina, ya que la mujer investida del rol de ama de casa se volvió una identidad de clase media y asumió una prominente figura central en la seducción del consumidor. En el mundo occidental, seguramente en Estados Unidos, Alemania e Inglaterra, la mecanizada producción masiva revolucionó no solo los procesos de manufactura sino también los medios de publicidad, e incluso modernizó el transporte como forma de ahorrar el preciado tiempo.

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