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Apuntes para una historia de Jaime Yankelevich

“Y esos judíos que se reunían en las pequeñas sinagogas empezaron a oír –en Rusia, en Polonia, en Austria, en Rumania, en Bulgaria– el nombre de un país que se extendía más allá del océano, anchuroso y cordial. La Argentina se tornó así, para el judío oprimido de Europa, el descubrimiento inesperado, el seudónimo del continente fantástico, el universo de la promesa, la fresca epopeya de América.” (Alberto Gerchunoff, “Discurso de Homenaje al Barón de Hirsch”, 8 de diciembre de 1931)5

La historia de Jaime Yankelevich podría ser la de cualquier otro inmigrante judío que llegó a la Argentina a fines del siglo XIX, pero no es así. Los Yankelevich eran una familia judía proveniente de la ciudad de Sofía, Bulgaria. Del matrimonio de Emilia y Felipe, habían nacido en Bulgaria seis de sus siete hijos: Marina, Clara, Catalina, Jacobo, Marcos y Jaime. A fines del siglo XIX, la ciudad de Sofía era un punto neurálgico de los problemas geopolíticos en los Balcanes. En medio de un complejo sistema de alianzas diplomáticas, en 1894 terminó el gobierno del primer ministro Stefan Stambolov, quien poco después fue asesinado. Y, con la sucesión del príncipe Fernando, la situación política era frágil y constantemente amenazada por conflictos de orden religioso y territorial. En la década de 1890, Bulgaria se había apoderado del este de Rumelia, habitada principalmente por búlgaros pero administrada hasta entonces por el Imperio Otomano; también estaba decidida a anexar la Dobrudscha, de Rumania, con similares características demográficas.

El diario New York Tribune describía, en 1898, la situación de Bulgaria como un país bajo las nubes de la guerra, en el centro de la tormenta y en condiciones ignominiosas. La pobreza, la crisis de producción, la religión, los problemas del gobierno y un ejército en pie de guerra mirando hacia la frontera turca: “No hay duda de que el príncipe Fernando, en los últimos tiempos, ha perdido parte de su popularidad a un ritmo inquietante. Todo el país se encuentra en un estado de malestar e insatisfacción, al que el ejército se une. El príncipe Fernando va a pasar algún tiempo en la corte rusa esta primavera, con el propósito de conseguir ayuda rusa para el mantenimiento de su dominio sobre su trono. Hay quienes dicen que tendrá que ser escoltado por un ejército ruso, si alguna vez piensa volver a Sofía. Sin embargo, otros piensan que regresará triunfal, como una especie de gobernador general ruso, y va a completar la rusificación del país. Al menos ésa parece ser su esperanza, aunque en ningún rincón del mundo se estima esto como probable en los Balcanes”.

La débil situación económica, sumada a la persecución de las minorías religiosas, hizo que los Yankelevich decidieran emigrar junto a sus seis hijos. Seguramente influyó en su decisión la imagen de prosperidad que tenía la Argentina en aquellos años: un lugar en donde las cosas podían resultar más fáciles.

Jaime había nacido en la ciudad de Sofía, el 13 de marzo de 1894. Seguramente, como muchos de los judíos que llegaban desde Europa oriental, ilusionados con el proyecto de colonización del Barón Hirsch6, su familia arribó a Buenos Aires cuando él tenía poco más de dos años. Los Yankelevich se alojaron en el primitivo Hotel de Inmigrantes en la zona de Retiro, llamado “el hotel de la Rotonda”. Para ese entonces, no se había construido el complejo de los cinco edificios en la zona del puerto. Desde allí emprendieron el viaje en tren hacia la provincia de Entre Ríos, a la ciudad de Paraná. No se afincaron donde estaban los gauchos judíos, que rememoró la prosa de Alberto Gerchunoff, sino que permanecieron en la pequeña capital provincial. Allí establecieron una tienda en la que fue trabajando toda la familia.

Los Yankelevich fueron parte del movimiento de su época

y, como muchas familias judías que huían de los pogromos de la Rusia zarista, se volcaron con éxito relativo hacia los pueblos cercanos a las comunidades agrícolas, estableciéndose con sus comercios en las pequeñas ciudades. Los inmigrantes que provenían de Europa oriental descubrieron lo que Alberto Gerchunoff describió como una “naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único, en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos”. Se hicieron argentinos y des- cubrieron la libertad que les ofrecía esa nueva geografía en comparación con la situación de la cual provenían. A través de un complejo proceso, que ha sido largamente descripto en la historia de la colonización judía, se asimilaron en eta- pas de ajuste cultural en una nueva sociedad, con un nuevo idioma y otras costumbres. Como muchos de los inmigran- tes que llegaron a la provincia de Entre Ríos, esta familia pudo experimentar el “cosmopolitismo entrerriano, refrac- ción intensificada del cosmopolitismo argentino” con su impronta voluntarista y su afán de elaboración de riqueza, en el conjunto de casas bajas dinámicas y pujantes donde los inmigrantes judíos se asentaron7.

Según el Censo Nacional de Población de 1914, la cantidad de inmigrantes búlgaros que vivían en el país ascendía a 1.067, mientras que los rumanos duplicaban la cantidad y los rusos llegaban a más de 93.000. En Entre Ríos, vivían 18 búlgaros, 52 rumanos y más de 17 mil rusos; Paraná, su capital, tenía un total de 36.089 habitantes. Para ese entonces, la ciudad ya con- taba con varias fábricas, como la de fósforos, cerámicas, lozas y un matadero. Unas pocas calles habían sido pavimentadas y el alumbrado se extendía lentamente. Contaba con tranvías a caballo, varios negocios, un puerto, una catedral, iglesias, una escuela normal y un puñado de colegios primarios. Un paisaje compuesto de muchas casas bajas, un centro asfaltado y una vida social y económica activa pero incomparable a los sueños que entrañaba la ciudad de Buenos Aires. Los veinticinco cines-teatro que existían en toda la provincia, e incluso los cuatro que funcionaban en Paraná –según los datos del Censo Nacional de Población de 1914–, si bien ilustran la incipiente modernidad de la capital provincial estaban muy lejos de las luces que ofrecía La Reina del Plata.

La familia Yankelevich debió adaptarse a una nueva comunidad, un nuevo lenguaje y una nueva geografía. Sin dudas, el pequeño Jaime no iba a tener recuerdos de su Sofía natal y aprendería el castellano casi como lengua materna, mezclado con algunas palabras en ídish y algo de búlgaro. Sin embargo, quedarían recuerdos profundos de la bucólica vida en la capital provinciana que dejaría atrás hacia 1914 y que rememoraría a lo largo de toda su vida en Buenos Aires.

Jaime cursó su escuela primaria en Paraná, mientras colaboraba con sus padres en el negocio familiar. De acuerdo con algunos testimonios, no tenía una gran propensión al estudio, le atraía más el comercio, aun cuando en un homenaje que hizo la revista La Canción Moderna, se contaba que había sido un muy buen alumno y que había iniciado estudios de Medicina que no tardaría en abandonar. Sin embargo, su hija Raquel asegura que esto no fue así y que Jaime –de la misma manera que David Sarnoff– fue autodidacta. En la diaria actividad comercial, Jaime comenzó a explotar sus rudimentarios conocimientos de electricidad.

En 1914, con 20 años, Jaime tomó el tren a Buenos Aires. Se instaló por un tiempo en una habitación de un inquilinato ubicado en Callao y Paraguay. No tenía conocidos ni amigos. Posteriormente, llegó su hermano Jacobo. Por entonces, Buenos Aires contaba con una cantidad de habitantes que sobrepasaba ampliamente el millón y medio, la comunidad de búlgaros era muy pequeña: sumaba 308 personas, de las cuales 279 eran varones, según el Censo Nacional de 1914.

El número de los connacionales era poco importante porque los hermanos Yankelevich –como cualquier otro inmigrante de esos años– no buscaron replicar la aldea de la que venían sino asimilarse al contexto heterogéneo que la nueva sociedad les abría. Buenos Aires tenía muchos atractivos que ofrecer a este joven y audaz judío, sobre todo una población heterogénea: el 50 por ciento de los habitantes de la ciudad era de origen extranjero, mezclado en múltiples barrios con una variedad de nacionalidades, lenguajes y costumbres. La ciudad ofrecía, además, una vasta geografía, avenidas, parques y calles que la mostraban como una gran metrópolis del futuro, plena de oportunidades. En este aspecto, Buenos Aires era, para cualquiera que viviese en un pueblo e incluso en alguna capital provincial, una gran ciudad. Sobre la calle Corrientes, la Avenida de Mayo y la avenida Callao se desplegaban los teatros, cinematógrafos, confiterías, bares y los primeros salones bailables, y los tipos sociales más disímiles convivían en la inmensa urbe.

La ciudad poseía, en 1914, más de veinte teatros (cómicos, dramáticos, de zarzuelas y de variedades), 104 salas de cine y dos circos. La urbanización incluía prestigiosas salas de ópera como el Teatro Colón –donde “sus reuniones son la expresión más acabada del brillo y de la opulencia argentina”–, otras distinguidas y elegantes como el Coliseo, el Odeón, el Cervantes, el Politeama, el Nacional Argentino, el Apolo, el Liceo, el San Martín, y también otras eminentemente populares, como el teatro Cómico. La industria cinematográfica, a su vez, se desplegaba en el centro porteño, con cines que parecían ser “verdaderos palacios como el Broadway, el Monumental, el Grand Splendid, el Ópera, el Capitolio, el Select, el Empire”9. Seguramente, al llegar a Buenos Aires el contraste con aquella pequeña ciudad en la que había vivido lo impactó y le agradó lo suficiente como para decidir establecerse en la nueva urbe10.

En aquella metrópolis, donde el entretenimiento emergía como una nueva industria, Jaime consiguió su primer trabajo como operador cinematográfico en el cine La Perla de la avenida Independencia. La cabina de proyección de la sala era denominada “la piojera”, por ser un espacio oscuro y desordenado. Las proyecciones se hacían con una manivela que el operador debía mantener a un ritmo constante. Por la tarde, repetía la labor en el cine Colón, ubicado en la avenida Entre Ríos al 800, y en algunas ocasiones alternaba con el cine Moderno de Corrientes al 900, que realizaba unas 700 funciones anuales. A la noche lo esperaba el teatro El Nacional, donde trabajaba como electricista.

Por al menos dos años estuvo dedicado a ese oficio y posteriormente invirtió sus ahorros, junto a su hermano, en armar un negocio de electricidad que instalaron en la avenida Callao al 900. Pasó un año y estuvo en condiciones de independizarse con lo que pudo abrir, en 1920, un pequeño local en Entre Ríos 940, también del ramo de la electricidad. La casa Yankelevich vendía arandelas, alambres, cables y, con la llegada de la radio, incorporó implementos de radiofonía.

En 1922, en Caras y Caretas, la revista de interés general de mayor circulación nacional, una pequeña publicidad aseguraba que la casa Yankelevich tenía la mejor venta y surtido de aparatos telefónicos. Allí se manipulaban alambres, bobinas, condensadores y un enorme surtido de dispositivos para teléfonos a precios competitivos. Para el joven Jaime, el negocio estaba en la elaboración de piezas para receptores y comenzó a fabricar arandelas para condensadores. Según su relato a La Canción Moderna: “No contaba con capital para adquirir la materia prima, por lo que compraba por la mañana utilizando un crédito de pocas horas, utilizaba el material en la elaboración de las arandelas y después de venderlas, en el mismo día, abonaba a sus proveedores”. En pocos años fue considerado el importador del rubro más destacado de Sudamérica.

Mientras Jaime se dedicaba a su negocio de venta de  artículos eléctricos, Jacobo establecía un local en la calle Libertad 378, donde vendía chinelas, zapatos de paño, zapatillas, adaptadores para zapatos, plantillas, escofinas niqueladas, protectores para medias, ligas, entre otros elementos. A finales de la década de 1920 la gama de zapatos ofrecidos era amplia e incluso había incorporado artículos del hogar. Ambos hermanos publicitaban sus locales en las últimas páginas de Caras y Caretas a través de pequeños avisos semanales.

En apenas seis años, desde su llegada a Buenos Aires, Jaime Yankelevich se había convertido en un cuentapropista con un negocio dedicado al abastecimiento de las nuevas tecnologías que se expandían: materiales para electricidad (lámparas, veladores, bombillas de luz), fonógrafos, gramó- fonos y teléfonos constituían el punto inicial de un negocio que se encaminaría al mercado de un nuevo soporte del entretenimiento: la radio.

¿Cuánto sabría Jaime de David Sarnoff o de William Paley?

¿Cuánto podría leer sobre ellos en los diarios locales? ¿Qué información sobre los primeros logros de estos contemporáneos tenía que le permitiera emularlos? Posiblemente tuviera poca información específica y algunos datos de información general sobre el crecimiento de la industria radiofónica en los Estados Unidos. Es posible que no tuviera los detalles que hacían a los diversos caminos que llevaron a Sarnoff y a Paley a competir arduamente para cautivar a un mercado de nuevos consumidores. Pero lo cierto es que aun desconociendo las peculiaridades, prácticamente replicó el modelo de ensamblado y producción de la industria del entretenimiento norteamericana, pero en Buenos Aires.

De Jaime Yankelevich. La oportunidad y la audacia. Editorial Capital Intelectual, Coleccion Paisanos. 2014

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