tango

Eugenia Kelly y los piratas de tango

Cuando revisamos el impacto del tango en la sensibilidad y los cuerpos, es inevitable referirse al resonante caso de Eugenia Kelly, la heredera de una rica familia en Nueva York. La experiencia de la joven muchacha ocupó a la prensa norteamericana durante, al menos, todo el año 1915. Eugenia Kelly había sido llevada a la corte por su familia bajo la acusación de “incorregible” debido a su mal comportamiento: se había comprometido sin permiso de sus padres con un bailarín de tango llamado Al Davis. La cuestión estalló en la prensa en mayo de ese año cuando Bonnie Glass, la otra pretendiente de Davis, desenmascaró el estilo de vida de las niñas de sociedad en Broadway. Bonnie, ciega de celos por la relación de Eugenia, había telefoneado a la madre de esta para pedirle que la obligue a terminar la relación con Al Davis. A partir de esta conversación, la familia Kelly tomó conocimiento del mundo que frecuentaba su hija y no dudaron en ver en los salones de tango, en los lugares donde las chicas de sociedad iban a tomar el té, los cabarets y salones nocturnos en donde lo más granado de la sociedad neoyorquina hacía sus fiestas, espacios en los cuales el tango y el vicio estaban ocultos. De acuerdo con el relato de la madre, Eugenia había llevado a su casa, sin su consentimiento, hombres que conoció en algunos bares de Broadway; además de organizar fiestas o reuniones sin supervisión de ninguna persona de su familia. Estos “amigos” habían vaciado la heladera, y le había quitado dinero y joyas. Las conductas erráticas de su hija empezaron varios meses antes, cuando comenzó a fumar, volvía a su casa a las 4 de la mañana, utilizando como excusa que una muchacha debía visitar al menos cinco cafés por noche en Nueva York. Posteriormente, la joven trabó amistad con jugadores, bailarines profesionales, vendedores de la droga, entre otros personajes nocturnos. Al tomar nota de esto su madre decidió prohibirle estas salidas, pero ante la negativa de obedecer, decidió presentar el caso en el juzgado.

Una rápida reacción de conservadores, clérigos y jueces surgió como consecuencia del pedido de la madre al llevar el caso a la corte. Uno de los abogados del distrito declaró a la prensa que era bien conocido que en los lugares donde el tango reinaba, la trata de blancas que tenía como principal protagonista a niñas de la alta sociedad era moneda corriente, pero, sin embargo, “nunca en su vida había visto una situación como esta”. La señorita Kelly declaró públicamente que “jamás había estado tan pegada a alguien como a Al Davis”, a pesar de que era casado. Cuando la muchacha se presentó esa tarde en el juzgado no dejó de dar que hablar por su vestimenta: “llevaba un traje de Norfolk de un tono verdoso, una camisa blanca con cintura suelta, una corbata roja, y lo que una mujer describió como la última moda en sombrerería: el sombrero de los Aliados”. El abogado de la familia pidió que se presente al estrado el cajero del Central Park Branch of the Produce Exchange Bank, quien declaró que la muchacha había abierto una cuenta el día 22 de abril de ese año depositando cuatro mil dólares, de la cual extrajo el día 23 un total de dos mil ochocientos dólares. En la presentación judicial se señalaba que algunas de las joyas familiares habían sido robadas o, al menos, era notable la ausencia de las mismas en la caja de seguridad en el hogar. Luego de una discusión con el abogado defensor de la heredera, el querellante se dirigió a ella y le dijo: “sos una chica muy bonita para estar aquí en la corte, donde tu buen nombre es manchado diariamente. Si me prometes volver con tu madre y obedecerla, cortar tu relación con este grupo de Broadway y eliminar todos los pensamientos sobre este hombre, Al Davis, voy a dejar las cosas así”. Sin embargo, la muchacha respondió, para sorpresa de todos, que no iba a renunciar a su amado: “No tengo que disculparme con nadie, no voy a renunciar a Al”. Otro de los abogados le espetó: “¿no te das cuenta que vas a ir a dar a una institución?”. A lo que ella respondió: “metete en tus propios asuntos”, y se excusó diciendo que estaba apurada para ir a su peluquero.

La acusación a Eugenia Kelly es interesante por varios motivos. En primer lugar, por el impacto que produce en la prensa y por cómo esta describe los por menores de la presentación. Así, por ejemplo, Chicago Tribune, Los Angeles Times o The New York Times hacían referencias al modo en que la muchacha estaba vestida, maquillada, y a diversos detalles. El caso ponía de relevancia la rebeldía juvenil, protagonizada por una muchacha que no solo había sucumbido a las tentaciones sexuales, sino que se enfrentaba con su madre, al punto de terminar la disputa en un juzgado. En una escalada de proporciones únicas, la madre (viuda) llevaba el caso al juez para que impusiera la ley. Desobediencia, tentaciones y rebeldía parecían conjugarse en la imagen de Eugenia quien, además, se había colocado un sombrero de los aliados como forma de repudiar la actitud de su madre y del jurado. En medio de una intrincada trama de denuncias, pedidos de divorcio por parte de la esposa de Al Davis, y testimonios de diferentes personajes cercanos a la rica muchacha, el comisionado de la ciudad de Nueva York inició una investigación sobre los lugares en los que se llevaban a cabo los tango teas. Apoyados por un comité de mujeres de la alta burguesía que, ahora, abogaban por la “limpieza moral de la ciudad”, el comisionado y el jefe de la policía comenzaron a evaluar la situación de estos lugares que no tenían buena reputación. Para esa acción de control se echaba mano de una ley sobre los locales bailables y de los códigos de convivencia urbana. En la sección 1.4.2 de la Ley de Locales de Baile, se sostenía que estos “no están permitidos en ningún lugar de la ciudad de Nueva York en donde se venda licor. El baile está permitido en hoteles, que venden licores, pero que tienen como mínimo cincuenta habitaciones […] No se puede vender licor en ningún local que publique la enseñanza de clases de baile”. La ley preveía que, en las academias de enseñanza de baile, el gobierno local debía designar un inspector, pero esto no se había cumplido hasta el momento. El comisionado declaraba que se sabía que había buenos y malos locales de baile, pero el gobierno estaba buscando los malos: “he trabajado para mejorar las características de esos lugares desde que estoy en mi cargo. Creo que estoy siendo exitoso”, sostenía en contra de las opiniones que le solicitaban mayor control. La locura de la danza daba la oportunidad de que emergieran estos “gánsteres sociales”, como Al Davis, y la labor policial había permitido identificar, solo en Nueva York, alrededor de dos mil “muchachos del tango”, incluidos los bailarines profesionales y a sus socios. El punto de mayor conflicto era qué hacer con ellos, ya que según la descripción policial “Podemos ir a un lugar y, luego de ver a los bailarines, estar satisfechos de que uno o más de esos hombres no son de una clase deseable, pero, ¿cómo haces para probarlo? No puedes arrestar a un hombre porque usa ropa de colores chillones o porque se ve diferente. No puedes arrestar a una mujer por fumar y tampoco a un bailarín porque consideres que tomó más licor que el que debía”.4 Estas declaraciones dejan al descubierto dos cuestiones extremadamente importantes: la primera es la asociación de la conducta impropia con el licor (al menos cuatro años antes de que se apruebe la Ley Volstead en 1919); la segunda consideración es que, ante la imposibilidad de controlar por la ley, la policía inventará un nuevo tipo social vinculado a la declinación moral.

El caso de la heredera Kelly ocupó al menos ocho meses de la prensa estadounidense. La primera presentación judicial concluyó cuando Eugenia prometió ante el juez que obedecería a su madre. Meses después, la señora Kelly volvía a la corte para impedir que su hija se casara con Al Davis. A pesar de la desaprobación familiar, su hija había tenido varias citas clandestinas, e incluso se había fotografiado con el bailarín.5 Sin embargo, la rica heredera no solo eludió los consejos de su madre, sino que finalmente contrajo matrimonio con él. Las primeras fotos de la nueva feliz pareja aparecían en todos los periódicos en noviembre de 1915. El costo de su enamoramiento tanguero fue alto: para sostener su romance había empeñado joyas de su madre por cinco mil dólares, se había fugado y finalmente había sido desheredada. En pocos meses logró lo que ninguna flapper de la época: rebasó los límites de la autoridad de su madre realizando su voluntad y no la de su familia. Dos años después se divorciaba. Y mientras el caso resonaba en la prensa nacional, la ex compañera de baile de Al Davis cosechaba sus mejores éxitos. En 1916, se casaba con Ben Alí Haggin, poseedor de una fortuna estimada en diez millones de dólares. Luego del acuerdo de divorcio con su anterior esposa, Faith Robinson, el millonario tardó unos pocos meses en volver a casarse con esta bailarina, la ex amiga de Eugenia, que lo deslumbró en los escenarios de Broadway.

Como consecuencia de la investigación llevada a cabo a propósito de este caso, The New York Times advertía sobre los que llamaba “piratas del tango”. ¿De qué se trataba esta nueva figura social? ¿Cómo identificarlos? Primero, había que ponerlos en el contexto. Se necesitaban dos personajes: el primero, una joven de familia rica que no tuviera nada que hacer con su vida; el segundo, un aventurero estafador. La nueva costumbre de tango tea les daba a ambos la posibilidad de cruzarse. “Se trata –señalaba un ex asistente de la Justicia distrital– de chicas de Nueva York, de excelente familia, con los bolsillos llenos de dinero, frecuentemente dueñas de su propio auto, a menudo de buena familia y bien educadas […]. Su costumbre es salir de la casa a las diez de la mañana, presumiblemente para ir de compras. La hora del almuerzo es el gran momento de iniciación para la maldad. El almuerzo ha suplantado la cena para estas niñas, y hoy   en día pueden elegir entre una docena de este tipo de restaurantes que ofrecen tango”. Era allí donde el “pirata del tango” aparecía. Según las apreciaciones de Richard Barry, era muy difícil para una jovencita conocer en esos lugares y a esas horas, a un honesto joven de buena clase social como para casarse, ya que seguramente esta clase de muchachos estarían trabajando (Barry, 1915). Sin embargo, en el afán por divertirse las chicas disfrutaban de otras compañías, un tipo de hombres que en apariencia podían satisfacer todas sus demandas. Estos presuntos caballeros lucían trajes a la moda, de primera calidad, y tenían un manejo del lenguaje que les permitía sostener una conversación agradable. Según un abogado, este tipo de hombres provenía de diferentes lugares, por lo general se trataba de jóvenes ignorantes y de origen social bajo, que habían adquirido buenos modales y el arte de una conversación inteligente; pero no faltaban casos excepcionales que derivaban de otras condiciones sociales: mencionaba a un ex jockey, un ex periodista e incluso hombres de buena educación académica y de familias honorables, como el hijo de un juez de la Corte Suprema de un lejano país, quienes habían adquirido este estilo de vida provechoso. El típico pirata del tango era un hombre joven, buen mozo, a la moda y buen bailarín. El rasgo más destacado de este arquetipo   era que no gastaba un solo dólar en una mujer, a menos que ella se lo hubiera prestado. Las muchachas de buena familia parecían tolerar que un hombre no pagara sus consumos, ya que ellas poseían el dinero de sus padres, y pagaban los almuerzos, tragos, autos e incluso los muebles que necesitaban estos señores. Desde hacía algunos años se conocía el caso de acompañantes masculinos para cualquier servicio por cinco dólares la hora más gastos. La extraña fascinación que ejercía esta suerte de “mantenidos” no se explicaba solamente por la buena presencia o las ansias de diversión de las jóvenes aburridas, generalmente se los vinculaba al mundo de las drogas, y esto ensombrecía su presencia. Ellos eran quienes las iniciaban en las drogas: “en mi experiencia, todos los piratas del tango son víctimas de la cocaína en estado avanzado o de la heroína; y son expertos en describir las maravillosas sensaciones que devienen de aspirar cocaína”, advertía un testigo. Luego de introducir a las jóvenes, el pirata sólo debía encontrar la forma en que ella, voluntariamente, le obsequiara con agrado su dinero.6 La distinción central de estos sujetos respecto de otro tipo de rufianes, como los que se dedicaban a la trata de blancas, era que no había una estrategia de seducción sexual para inducir a las mujeres a consumir drogas y trabajar para él. Este sujeto generalmente estaba casado o en pareja con alguien de su propia condición social y sólo utilizaba su actitud displicente, encantadora y de conocedor del mundo con el objetivo de impactar en las incautas jovencitas que serían su soporte financiero. Incluso se decía que cuidaba que no se convirtieran en adictas y no rompieran los vínculos con su familia, ya que desde el momento en que eso ocurriera sus posibilidades de financiarse a través de la muchacha, se terminaban. Una hiperbólica interpretación llevaba de la sensualidad al delito.

Para comprender esta criminalización del tango, debemos poner de relevancia el rol que las reglas cumplieron en la codificación de las relaciones sociales en los años anteriores a la Primera Guerra. La madre de Eugenia Kelly que, por otra parte, sería muy criticada por sus pares, era una mujer que no pertenecía a esa década moderna, más bien pensaba que las jerarquías y reglas sociales estaban para ser respetadas y obedecidas. El tango ponía de manifiesto un dispositivo físico: permitía aproximarse en un “inocente” abrazo, mezclar las piernas en los famosos “cortes”, y de esta manera aquello que se veía vedado parecía estar habilitado. Esta sensualidad de movimientos no quedaba solo en el instante físico del baile, sino que despertaba sentimientos amorosos que, socialmente considerados inadecuados e impropios, determinaban el accionar de estas mujeres. En esta década, se inicia tempranamente la revolución moral de la que la prensa hablará, la cual era un síntoma de la rebeldía juvenil que por primera vez en el siglo se expondría abiertamente. No fue una rebelión política como en el caso de la Revolución Rusa en 1917, sino social, moral, doméstica. El desafío fue físico y doméstico: era la autoridad de los padres, de los mayores, de la ley, lo que no encajaba en esta modernidad. Entre esos cuerpos que se aproximaban en el baile se potenciaban las temperaturas físicas y se confundían los sentimientos. El contexto de estas situaciones fue trascendental. Como hemos señalado desde el temprano inicio del siglo, el Midtown Manhattan y Broadway en particular se habían vuelto un escenario fundamental de estas nuevas técnicas de seducción, de estos encuentros físicos que resultaban sexualmente deseables constituyéndose en el área topográfica necesaria para el tango.

Un año después de este caso, la policía levantaba un censo de los piratas del tango, a partir del cual se identificó a más de setenta hombres que realizaban este tipo de actividades en salones de bailes y confiterías. La investigación se había lanzado luego de que la policía descubriera el crimen de la señora Elsie Lee Hilar en el Hotel Martinica en Broadway. Al parecer se trataba de una millonaria, casada con un conocido comerciante, que asistía a los tango tea, a escondidas de su esposo mientras este trabajaba. La mujer concurrió al hotel para una de estas reuniones y se encontró con un hombre conocido del ambiente. Posteriormente, la mucama descubrió a la señora Lee Hilar ahorcada, yacía desnuda en la cama y sus diamantes, valuados en dos mil quinientos dólares, habían desaparecido. La policía quería dar con el hombre que ella frecuentaba en los tés ya que, obviamente, era el principal sospechoso.

Los enamoramientos producidos por esta danza fueron consignados por la prensa desde temprano. La rica heredera Caroline Kohl, por ejemplo, se comprometió con Ernest Evans, a quien conoció en Broadway donde él fue su maestro de tango. Evans provenía de Little Rock, Arkansas, y había llegado a Nueva York con el objeto de realizar sus estudios universitarios. Al poco tiempo, los abandonó y comenzó a trabajar como instructor de baile en un local de tango tea. Allí conoció a su prometida que asistía al salón para tomar lecciones. Pareciera ser que fue “amor a primera vista”. Ambos se comprometieron en secreto y planeaban casarse en pocos meses, pero sus familias objetaron la unión. En el caso de Evans, su padre, un próspero comerciante de Arkansas, rechazaba el compromiso porque la novia provenía de una conocida familia vinculada al vaudeville y el mundo teatral. Lewis Kohl, padre de la novia, había sido el dueño de cuatro de los teatros más importantes de la ciudad de Chicago, y había legado a sus hijas una fortuna de un millón de dólares a cada una. Por su parte, la madre de la novia rechazaba el compromiso por considerar que el modo en que Evans se ganaba la vida era informal y poco estable. Lamentablemente fueron obligados a devolverse los anillos y el compromiso quedó cancelado.

Las señoras de la Sociedad de Beneficencia, que tanto lo habían difundido, ahora se oponían no por la danza en sí, sino por los oscuros propósitos de los abrazos. Un especialista decía que “el tango es una danza abierta con dificultad para ser aprendida y bailada sin contacto físico alguno, pero los jóvenes bailarines cambian el sentido e intentan sacar provecho del abrazo”8 (The New York Times, 14 de enero de 1914). Frente a la representación de un goce grosero, vulgar e inferior, se recomendaba a los padres enseñarlo en sus casas para que sus hijas no fueran víctimas de los apretujones malintencionados en los bailes de sociedad, que disolvían la superioridad de clase en un uso vulgar de la danza. Algunos miembros de los exclusivos clubes sociales esgrimían argumentos para evitar la suspicacia puesta en los abrazos, como un hombre del White West End Club que veía en el tango una excesiva solemnidad: “los bailarines tienen la frente arrugada en un esfuerzo mental desacostumbrado por bailarlo”. El argumento daba un giro importante: más que provocador, incitante, o inmoral, debía ser rechazado por ser demasiado solemne, lo cual representaba de por sí una posición novedosa.

(El Tango entre Dos Américas. Representaciones en Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XX. Eudeba 2016) https://www.eudeba.com.ar/Papel/9789502325835/El+tango+entre+dos+Am%C3%A9ricas

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